La niña de mirada silenciosa, desesperada, busca su alma. Un niño se la ha arrojado al agua, como si aquella sombra
blanca no valiera nada. Se sienta en el muelle, junto a su muñeca
de tela, a contemplar el arrebol sobre el cielo
y el naufragio de sus besos. Pensando cómo recuperar
su alma, remueve con sus pies etéreos los pliegues de la linfa azulada; a lo mejor
está allí, acurrucada en la orilla o enredada entre las algas.
Es la música del alma en una sinfonía de frases sopranas. Es el arpegio de letras en un pentagrama imaginario, tarareando una canción en cada párrafo. Es una simple sinestesia donde los sentidos se mezclan y la prosa nos susurra una melodía singular, invitándonos a explorar un más allá... donde otra dimensión nos espera...
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5 de junio de 2017
30 de septiembre de 2016
El Funambulista
Al
cerrar los ojos, lo veo. Un hombrecito vestido de negro, con una esbelta galera
encima de su cabeza, me habla en silencio. Sus pies reptan sobre un hilo de
seda que atraviesa mi mente y se suspende de extremo a extremo, intentando equilibrar
lo que pienso con lo que siento. Allí está, oscilando su diminuto cuerpo y su
tiento. Pero mi corazón hoy pesa más que mi cerebro.
Observo,
sin mirar, como modula frases que no consigo descifrar, mientras mis pestañas
naufragan en una gota que sabe a mar. La tristeza no cesa de sudar. Una lágrima
rueda por mi mejilla desembocando en la comisura de mi boca entretanto, hago un
esfuerzo por leer los labios del hombrecito que gesticula; a lo mejor él pueda
responder a mis preguntas.
Luego
de un tiempo contemplando al equilibrista, hago lectura de sus señas mudas:
“Sanará tu herida; las cicatrices son lecciones de la vida” parece decirme
entre líneas, guiñándome un ojo y deslizando un paso lento sin desviar la
mirada del punto de llegada. Luego adelanta el otro pie un poco más apresurado
hasta que, velozmente, pega un salto; el hombrecito es un trapecista
extraordinario.
De
repente tambalea para un lado y para el otro mientras, el vacío se prepara
abriendo sus brazos para recibirlo. El minúsculo hombrecito se encuentra al
filo del precipicio, casi a punto de ser engullido por la penumbra de mi abismo, y abre los
ojos un poco más, como si eso le diera mayor estabilidad; jamás pierde de vista
la meta final.
Ahora apenas lo veo, está luchando con el miedo,
aquel sicario de sueños. Súbitamente el cáustico sonido de un trueno me trae de
regreso, y ya no puedo verlo. La habitación contempla mi angustia y al fin
decido abrir la ventana para acariciar la lluvia. Refriego con los dedos mis
ojos húmedos y, una vez secos, vuelvo a verlo. El hombrecito levanta su mano
invisible para saludarme. Su perseverancia es admirable. No quiere darse por
vencido, continúa haciendo equilibrio sobre la cornisa de un edificio.
18 de agosto de 2016
Estrujando Lágrimas
Eran las tres de la madrugada y la ciudad dormía bajo un manto oscuro de
nubes amargas. Como todos los jueves, me senté en el banco de madera, nuestro
rincón para las citas en la plaza. Habían pasado algunas horas de la estipulada,
era extraña su tardanza. Una brisa suave empezó a alborotar las hojas secas,
cuando vi sus pasos aproximarse; vacilaban en la acera. No hacía falta que
hablara. Se sentó casi de espaldas, esquivando la mirada. Sus piernas no podían
parar de temblar y sus manos, apretadas, hacían el intento de guardar su fallo
perverso. Pero no pudo contenerlo. Algo en mi pecho presagiaba un tormento,
cuando pronunció aquella frase desabrigada, que me arañó las entrañas: “Volveré
con Renata”. El viento arrastraba todo lo que andaba suelto, menos mi
desconsuelo.
Intenté convencerlo para que no renunciara a lo nuestro pero, cuando
quise reaccionar, el silencio robó mis palabras, acorralándolas una a una en mi
boca y entumeciendo mis labios. Lágrimas, apiladas en los ojos, deseaban
desbordarse sobre mi rostro, pero sólo una acarició mi mejilla y eché a correr.
A una cuadra me frené, con la esperanza de que viniera atrás de mí, pero él ya
no seguía allí. En las calles no había nadie. Corrí hasta que el cansancio comenzó a adormecer mis huesos y el
desvarío a aniquilar mi entendimiento. Truenos y relámpagos se disputaban el
primer puesto, hasta que un diluvio se precipitó del cielo. Sin saber a dónde ir,
me senté en la vereda a contemplar la tormenta que enfurecía sobre los tejados,
mientras la lluvia se disipaba en las alcantarillas.
Encendí
un cigarro, pero su brasa se extinguió; una cortina de agua lo ahogó. No quedaba
nada entre él y yo, sólo el recuerdo de una ilusión. El olor a tierra mojada humedecía mi alma,
convertida en un puñado de nostalgia. De repente, apareció un ángel sin alas,
era una niña que llevaba puesta una túnica blanca. Se sentó a mi lado y con su
mano pequeña me tomó del brazo. Desnudó su cara frente a la llovizna, que
clarificaba aún más su mirada diáfana y, sin decirme nada, observó como comencé
a imitarla. Cuando abrí los ojos ya no estaba, tampoco hallé a la persona
desconsolada que ella acompañaba. Eran las siete de la mañana cuando regresé a
mi casa; la ciudad despertaba bajo un manto blanco de nubes almibaradas.
5 de agosto de 2016
Luminiscencia
El
crepúsculo asoma sus narices en el horizonte, exhalando al cielo sus ardientes
colores. Y allí está ella, sentada sobre una piedra. Mientras las olas festejan
su encuentro con la arena, Malena contempla la belleza. El sol derrama su néctar
sobre el océano y ella, con su ser al descubierto, degusta la fragancia del
silencio. Cierra los ojos y detiene el tiempo, deseando embeberse con la magia
de aquel momento. El bermejo del ocaso se desprende del firmamento, acariciando
sus cabellos sueltos. De repente, la sombra nocturna salpica sus luceros de un
tinte negro. La galaxia se vislumbra lejana, aún así ella sueña con conocerla.
Se imagina encima de la luna, columpiando sus piernas. Siempre quiso conocer
las estrellas.
Malena
disfruta de lo efímero del presente que no vuelve y cuando no lo espera, infinitas
criaturas acuáticas se encienden en las aguas turquesas. Ella se asombra. En
sus ojos, se reflejan las constelaciones que iluminan la alfombra acuosa. Un
ramillete de luces palpita en sus pupilas, entretanto sus pies descalzos,
saborean la arenilla. Mientras baila fascinada, alguien
se acerca a acompañarla, un colibrí se posa sobre su melena castaña y le
susurra unas palabras: “La magia está en tu alma”.
Malena,
oye el canto de las sirenas; escucha los mensajes de la naturaleza. De su
mirada, emergen incontables luciérnagas. Son señales, piensa. Se pregunta si en
algún otro lugar del planeta hay alguien que se regocije de alegría, como lo
está haciendo ella. Fuegos artificiales estallan en sus entrañas. La bruma húmeda
asciende por la playa y ella danza enamorada. Canta, con su voz azucarada, y
una brisa salada, la abraza con su frazada diáfana. La marea despierta y entona
junto a ella una festiva melodía. Nada ensombrece su esencia, ni siquiera la
neblina; su aura brilla. Sonríe, invocando una plegaria agradecida. Para ella,
no existe mejor maravilla que estar viva.
8 de junio de 2016
Liberación
No era un día cualquiera. La
mañana se abrigaba con un manto grisáceo y ensombrecía aún más la celda. Las
nubes, heridas por la tormenta, esparcían su tristeza por encima de mi
existencia. No había rastros del sol y el viento dejaba de ser brisa para
convertirse en ciclón.
No era un día cualquiera. Empezaba una revolución. Pájaros
negros revoloteaban en mi interior. Mi alma enceguecida, no comprendía la
lección del dolor. El miedo picoteaba mi corazón y la ansiedad batía las alas
de la desazón.
No era un día cualquiera. Se avecinaba una transformación. Las
aves comenzaban a arañarme las entrañas y, acurrucada adentro de un capullo,
resistía a sus rasguños. Mientras escuchaba el silencio de afuera, la
impotencia aleteaba con más fuerza.
No era un día cualquiera. Mi destino
esperaba una respuesta. En ese instante, la llave de la pajarera apareció en mi
mano derecha. Caminé por la hierba y abrí su puerta. Permití que los pájaros
negros se fueran y dejé de sentirme prisionera.
No era un día cualquiera. Aquel
día aprendí la moraleja.
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