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5 de junio de 2017

El Naufragio de sus Besos



La niña de mirada silenciosa, desesperada, busca su alma. Un niño se la ha arrojado al agua, como si aquella sombra blanca no valiera nada. Se sienta en el muelle, junto a su muñeca de tela, a contemplar el arrebol sobre el cielo y el naufragio de sus besos. Pensando cómo recuperar su alma, remueve con sus pies etéreos los pliegues de la linfa azulada; a lo mejor está allí, acurrucada en la orilla o enredada entre las algas.  


30 de septiembre de 2016

El Funambulista




Al cerrar los ojos, lo veo. Un hombrecito vestido de negro, con una esbelta galera encima de su cabeza, me habla en silencio. Sus pies reptan sobre un hilo de seda que atraviesa mi mente y se suspende de extremo a extremo, intentando equilibrar lo que pienso con lo que siento. Allí está, oscilando su diminuto cuerpo y su tiento. Pero mi corazón hoy pesa más que mi cerebro.
Observo, sin mirar, como modula frases que no consigo descifrar, mientras mis pestañas naufragan en una gota que sabe a mar. La tristeza no cesa de sudar. Una lágrima rueda por mi mejilla desembocando en la comisura de mi boca entretanto, hago un esfuerzo por leer los labios del hombrecito que gesticula; a lo mejor él pueda responder a mis preguntas.
Luego de un tiempo contemplando al equilibrista, hago lectura de sus señas mudas: “Sanará tu herida; las cicatrices son lecciones de la vida” parece decirme entre líneas, guiñándome un ojo y deslizando un paso lento sin desviar la mirada del punto de llegada. Luego adelanta el otro pie un poco más apresurado hasta que, velozmente, pega un salto; el hombrecito es un trapecista extraordinario.
De repente tambalea para un lado y para el otro mientras, el vacío se prepara abriendo sus brazos para recibirlo. El minúsculo hombrecito se encuentra al filo del precipicio, casi a punto de ser engullido por la penumbra de mi abismo, y abre los ojos un poco más, como si eso le diera mayor estabilidad; jamás pierde de vista la meta final.
           Ahora apenas lo veo, está luchando con el miedo, aquel sicario de sueños. Súbitamente el cáustico sonido de un trueno me trae de regreso, y ya no puedo verlo. La habitación contempla mi angustia y al fin decido abrir la ventana para acariciar la lluvia. Refriego con los dedos mis ojos húmedos y, una vez secos, vuelvo a verlo. El hombrecito levanta su mano invisible para saludarme. Su perseverancia es admirable. No quiere darse por vencido, continúa haciendo equilibrio sobre la cornisa de un edificio.


18 de agosto de 2016

Estrujando Lágrimas


Eran las tres de la madrugada y la ciudad dormía bajo un manto oscuro de nubes amargas. Como todos los jueves, me senté en el banco de madera, nuestro rincón para las citas en la plaza. Habían pasado algunas horas de la estipulada, era extraña su tardanza. Una brisa suave empezó a alborotar las hojas secas, cuando vi sus pasos aproximarse; vacilaban en la acera. No hacía falta que hablara. Se sentó casi de espaldas, esquivando la mirada. Sus piernas no podían parar de temblar y sus manos, apretadas, hacían el intento de guardar su fallo perverso. Pero no pudo contenerlo. Algo en mi pecho presagiaba un tormento, cuando pronunció aquella frase desabrigada, que me arañó las entrañas: “Volveré con Renata”. El viento arrastraba todo lo que andaba suelto, menos mi desconsuelo. 
     Intenté convencerlo para que no renunciara a lo nuestro pero, cuando quise reaccionar, el silencio robó mis palabras, acorralándolas una a una en mi boca y entumeciendo mis labios. Lágrimas, apiladas en los ojos, deseaban desbordarse sobre mi rostro, pero sólo una acarició mi mejilla y eché a correr. A una cuadra me frené, con la esperanza de que viniera atrás de mí, pero él ya no seguía allí. En las calles no había nadie. Corrí hasta que el cansancio comenzó a adormecer mis huesos y el desvarío a aniquilar mi entendimiento. Truenos y relámpagos se disputaban el primer puesto, hasta que un diluvio se precipitó del cielo. Sin saber a dónde ir, me senté en la vereda a contemplar la tormenta que enfurecía sobre los tejados, mientras la lluvia se disipaba en las alcantarillas.
     Encendí un cigarro, pero su brasa se extinguió; una cortina de agua lo ahogó. No quedaba nada entre él y yo, sólo el recuerdo de una ilusión.  El olor a tierra mojada humedecía mi alma, convertida en un puñado de nostalgia. De repente, apareció un ángel sin alas, era una niña que llevaba puesta una túnica blanca. Se sentó a mi lado y con su mano pequeña me tomó del brazo. Desnudó su cara frente a la llovizna, que clarificaba aún más su mirada diáfana y, sin decirme nada, observó como comencé a imitarla. Cuando abrí los ojos ya no estaba, tampoco hallé a la persona desconsolada que ella acompañaba. Eran las siete de la mañana cuando regresé a mi casa; la ciudad despertaba bajo un manto blanco de nubes almibaradas.

5 de agosto de 2016

Luminiscencia


El crepúsculo asoma sus narices en el horizonte, exhalando al cielo sus ardientes colores. Y allí está ella, sentada sobre una piedra. Mientras las olas festejan su encuentro con la arena, Malena contempla la belleza. El sol derrama su néctar sobre el océano y ella, con su ser al descubierto, degusta la fragancia del silencio. Cierra los ojos y detiene el tiempo, deseando embeberse con la magia de aquel momento. El bermejo del ocaso se desprende del firmamento, acariciando sus cabellos sueltos. De repente, la sombra nocturna salpica sus luceros de un tinte negro. La galaxia se vislumbra lejana, aún así ella sueña con conocerla. Se imagina encima de la luna, columpiando sus piernas. Siempre quiso conocer las estrellas.

Malena disfruta de lo efímero del presente que no vuelve y cuando no lo espera, infinitas criaturas acuáticas se encienden en las aguas turquesas. Ella se asombra. En sus ojos, se reflejan las constelaciones que iluminan la alfombra acuosa. Un ramillete de luces palpita en sus pupilas, entretanto sus pies descalzos, saborean la arenilla. Mientras baila fascinada,  alguien se acerca a acompañarla, un colibrí se posa sobre su melena castaña y le susurra unas palabras: “La magia está en tu alma”.

Malena, oye el canto de las sirenas; escucha los mensajes de la naturaleza. De su mirada, emergen incontables luciérnagas. Son señales, piensa. Se pregunta si en algún otro lugar del planeta hay alguien que se regocije de alegría, como lo está haciendo ella. Fuegos artificiales estallan en sus entrañas. La bruma húmeda asciende por la playa y ella danza enamorada. Canta, con su voz azucarada, y una brisa salada, la abraza con su frazada diáfana. La marea despierta y entona junto a ella una festiva melodía. Nada ensombrece su esencia, ni siquiera la neblina; su aura brilla. Sonríe, invocando una plegaria agradecida. Para ella, no existe mejor maravilla que estar viva.


8 de junio de 2016

Liberación


    No era un día cualquiera. La mañana se abrigaba con un manto grisáceo y ensombrecía aún más la celda. Las nubes, heridas por la tormenta, esparcían su tristeza por encima de mi existencia. No había rastros del sol y el viento dejaba de ser brisa para convertirse en ciclón. 
   No era un día cualquiera. Empezaba una revolución. Pájaros negros revoloteaban en mi interior. Mi alma enceguecida, no comprendía la lección del dolor. El miedo picoteaba mi corazón y la ansiedad batía las alas de la desazón. 
  No era un día cualquiera. Se avecinaba una transformación. Las aves comenzaban a arañarme las entrañas y, acurrucada adentro de un capullo, resistía a sus rasguños. Mientras escuchaba el silencio de afuera, la impotencia aleteaba con más fuerza. 
   No era un día cualquiera. Mi destino esperaba una respuesta. En ese instante, la llave de la pajarera apareció en mi mano derecha. Caminé por la hierba y abrí su puerta. Permití que los pájaros negros se fueran y dejé de sentirme prisionera. 
   No era un día cualquiera. Aquel día aprendí la moraleja.